Santa María de Iguacel, una joya románica rodeada de naturaleza pirenaica.

Subiendo por el Valle del Aragón, en dirección a Francia, a la altura de Castiello de Jaca, nos desviamos a la derecha para acceder al mágico Valle de la Garcipollera (nombre que proviene del medievo, Valle de las Cebollas).

Una pista forestal salpicada por las ruinas de aldeas abandonadas nos introduce en el valle. En la cabecera de éste, en un idílico lugar, rodeada de pinos junto al río, se alza en una verde pradera la Iglesia de Santa María de Iguacel. Sus orígenes se remontan a la primera mitad del siglo XI, cuando el conde Galindo ordenó su construcción. En esta primera etapa se levantará una nave rectangular muy alta y espaciosa, cubierta a dos aguas con techumbre de madera, un ábside semicircular y un pequeño presbiterio abovedado.

Unos años más tarde, en 1072, el conde Sancho Galíndez y su esposa Doña Urraca, siguiendo los nuevos patrones planteados en la Catedral de Jaca, inician la gran reforma del templo con la intención de adaptar su decoración a las nuevas corrientes que llegaban del otro lado del Pirineo. Ocho años más tarde los condes donan la iglesia al cenobio de