Guía de Eriste, en el valle de Benasque, sus monumentos, excursiones, aventura, restaurantes, hoteles.

Eriste se sitúa a 1118 metros de altitud y cuenta con una población de 157 habitantes. Se cita esta localidad por primera vez a mediados del siglo XI en la documentación del monasterio de Obarra al hablar de Gimar de Eriste.

Situada junto al embalse de Linsoles, la localidad se asienta en un bello paraje rodeado de montañas. Se divide en dos barrios, uno de ellos de reciente construcción. En el más antiguo, de entre su arquitectura popular, cabe destacar algunas casas como Casa Solé, que posee la fecha más antigua de la provincia en este tipo de inmuebles siendo datada en 1517 (fecha que aparece grabada en el dintel de una de sus ventanas); casa Mora y casa Roy.

En el siglo XII se levantó la iglesia de San Félix pero numerosas remodelaciones a lo largo del siglo XVII hicieron que desapareciese casi en su totalidad la obra románica. Fue muy restaurada en los años 60 del siglo XX. Es un edificio de planta rectangular, de una sola nave con capillas laterales con cubierta de bóveda de cañón, cabecera recta y una torre de pequeño tamaño al exterior de planta cuadrada y dos cuerpos. Los elementos románicos que se conservan, una hilera de arquillos ciegos lombardos, se sitúan en la torre  y son únicamente visibles desde el interior del tejado.

En el barranco de la Aigüeta encontramos el puente Tramarrius del siglo XV. Es un puente de un solo ojo de arco de medio punto irregular, calzada de piedra y perfil de lomo de asno.

En las inmediaciones de Eriste se sitúa la ermita de San Esteban de Conques. Es una de las ermitas más antiguas de la Ribagorza construida, al menos en parte, por maestros lombardos. La ermita está totalmente revocada de cemento y encalada en el exterior. Es de una sola nave con bóveda de cañón y cabecera semicircular.

Las antiguas escuelas acogen el Centro de Interpretación de Eriste en el que a través de audiovisuales y exposiciones nos explica el Monumento Natural de los Glaciares Pirenaicos.

 

Por: María Escribano Román